Perito Moreno: el defensor de los recursos naturales que vendió todo para sostener escuelas y murió en la pobreza

Actualidad 31 de mayo de 2022 Por Tomás Del Popolo
Ayudó a demarcar los límites en las fronteras con Chile. Con toneladas de muestras que recogió en sus innumerables viajes fundó el Museo de Ciencias Naturales. Fue un precursor de los comedores escolares y creó las Escuelas Patrias. Cuando el dinero no alcanzó, vendió tierras en el Nahuel Huapi para sostener la educación. A 170 años de su nacimiento, una apretada síntesis de si increíble vida.
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La tarde del 23 de enero de 1880 volvía del lago al que había bautizado con el nombre de Juan María Gutiérrez, llevando a cuestas su saco de coleccionista repleto de muestras. En la senda del bosque se topó con un mapuche quien, blandiendo su lanza, produjo el alarido de guerra. Sabía que para transitar por la zona debía pedirle permiso al cacique Valentín Sayhueque, dueño del territorio.

El indígena desconfió de las intenciones de Francisco Pascasio Moreno, creyó que lo que pretendía era ocupar sus tierras y lo tomó prisionero. El coronel Lorenzo Vintter se enteró y, en represalia, llevó al calabozo a un grupo de indígenas. Cuando estaban en el tira y afloje, el prisionero -que en un momento había sido atado a un árbol y amenazado de muerte- fue ayudado a escapar por Utrac, hijo del cacique Inacayal. El cacique Sayhueque envió a su hijo Francisco a perseguirlo, pero Moreno se salvó cuando fue hallado por una partida del ejército de frontera. En Carmen de Patagones contó lo que le había ocurrido y cuando llegó en tren a Buenos Aires una multitud lo ovacionó.

Como consecuencia de su cautiverio, sufría de ataxia locomotriz incipiente y de anemia cerebral y debió viajar a Europa para tratarse.

Esta es una de las tantas aventuras que vivió el que pasaría a la historia como el Perito Moreno. Fue el primer hijo varón nacido en una casa de Paseo Colón y Venezuela el 31 de mayo de 1852. Como segundo nombre se le eligió el de Josué por su abuelo materno y padrino, pero iría para el hermano que nació al año siguiente. A él le quedó Pascasio, ya que había nacido el día del santo.

Cuando sus padres compraron una vivienda en Bartolomé Mitre y Uruguay, descubrió caracoles petrificados en uno de los mármoles. Luego de preguntar qué eran, comenzó su pasión que mantendría toda su vida. Con sus hermanos se abocó a la tarea de recolectar piezas, y cuando la cantidad creció el padre le cedió el altillo. Allí Francisco y sus hermanos crearon el “Museo Moreno”.

Luego de que el 27 de diciembre de 1867 su mamá, Juana Thwaites, hija de un inglés prisionero de la segunda invasión inglesa, falleció víctima del cólera, se fueron a vivir a la quinta de Parque Patricios. Y al estallar la epidemia de fiebre amarilla, a principios de 1871, se mudaron a la Estancia Vitel, cercana a Chascomús.

Allí llenó cuarenta cajones con restos fósiles -que incluyó un caparazón de gliptodonte- y cuando cumplió 20 años su papá le regaló una vivienda de 200 metros cuadrados para que conservase sus colecciones.

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En 1872 realizó un viaje de exploración del Río Negro y de agosto a diciembre de 1874 estuvo en la bahía de Santa Cruz. Cuando entre octubre de 1875 y abril de 1876 exploró las tierras dominadas por los mapuches entre Azul y Tandil, recolectó restos indígenas, entre ellos, el cráneo de Cipriano Catriel, cacique general de las pampas, muerto en Olavarría a lanzazos en noviembre de 1874, luego de plegarse a la revolución mitrista contra Avellaneda. Estos restos fueron restituidos a la comunidad indígena en 2018.

En 1876 en el lago Nahuel Huapi enarboló la bandera argentina y le pidió al padre que le enviase semillas de eucaliptus, para dejarlas “como rastro de mi paso”. Al año siguiente exploró el Lago Argentino. En 1879 descubrió el Gutiérrez, que nombró en honor a Juan María Gutiérrez, impulsor de las ciencias naturales en el país y uno de sus maestros. Comprobó, por primera vez, la divisoria de aguas, al demostrar que la cordillera estaba cortada por el río Bío-Bío, el desagüe del Lácar, los ríos Aisen, Huemules y por otros tres cauces.

En 1877 donó a la provincia de Buenos Aires su colección de historia natural que venía reuniendo desde 1866. Fue el origen del Museo General de La Plata, que se creó el 19 de septiembre de 1884 y que inauguró junto a Domingo Sarmiento. Moreno fue su director hasta 1906, cuando pasó a depender de la Universidad Nacional de La Plata. “Un museo no es un sitio de recreo, sino de educación”, escribió.

De sus largos contactos con las distintas comunidades indígenas, mantuvo buenas relaciones con algunos caciques y no tanto con otros. En una oportunidad intentaron envenenarlo con tóxicos mezclados con frutillas y leche y una niña indígena le salvó la vida al advertirle que no lo tomase.

Entre 1882 y 1884 estudió los límites de la Patagonia cuando el ministro de Relaciones Exteriores Bernardo de Irigoyen le encomendó confección un mapa de esa región. En 1892 fue nombrado perito, que sumado a su apellido sería una suerte de marca registrada en el país.

Se abocó a los reconocimientos geográficos y geológicos de la región andina a fin de determinar el límite internacional al oeste de Mendoza y luego se le encargó el peritaje desde Mendoza al Lago Buenos Aires.

En 1896, cuando el gobierno lo nombró perito argentino en el diferendo limítrofe con Chile, hacía 22 años que no había cobrado un solo sueldo. A lo lomo de mula junto a su familia y a su colaborador en el museo, Clemente Onelli, cruzó la cordillera para cumplir con su nueva misión de secretario de la Comisión de Límites.

Satisfacciones y tristezas

Por un lado el 1 de mayo de 1897 logró la firma del acta de acuerdo limítrofe con el país vecino. Sin embargo, un mes después debió soportar el dolor de la pérdida de su esposa Ana Varela, que había enfermado de fiebre tifoidea. Se habían casado en 1885 y tuvieron siete hijos. Rufino había muerto al nacer; luego vinieron Francisco Rufino, Juana María y Eduardo Vicente; Mariano, también falleció al nacer; Florencio -que moriría en 1903- y José Francisco, quien viviría solo 6 meses.

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Laudo arbitral del rey británico Eduardo VII, en el que Francisco Moreno tuvo mucho que ver (Fotografía Revista Caras y Caretas)

Sus gestiones en Gran Bretaña para sostener la posición argentina en la cuestión de límites, hizo que el rey Eduardo VII laudase a favor de nuestro país, en 1902, en torno a 1800 leguas cuadradas, ocupadas por colonos galeses que ya habían manifestado su decisión de vivir bajo la bandera argentina. Para entonces había hecho mucho para que los presidentes Julio A. Roca y su par chileno Federico Errázuriz se encontrasen el 15 de febrero de 1899 a bordo del crucero acorazado O’Higgins, frente a la ciudad de Punta Arenas.

Fue en el Edén San Cristóbal, la quinta de ocho hectáreas que estaba en lo que hoy es el barrio de Parque Patricios, donde armó el primer comedor. Desde 1870 los Moreno vivían allí y Francisco usó las amplias cocheras para instalar la primera de lo que llamó la “Escuela de la Patria”. En ella se brindaba educación, comida y albergue a niños carenciados. Sin saberlo, había dado el puntapié inicial de los comedores escolares en el país. Esa iniciativa la pudo concretar gracias a la venta de tierras en el sur del país que el gobierno le había cedido.

Contrató a amas de leche para alimentar a bebés, creando las “Cantinas Maternales”, y por 1914, ya como diputado por la Capital Federal, presentó proyecto de creación las escuelas con “cantinas escolares”, según el modelo existente en Europa, para darle de comer a “niños menesterosos”. Además, elaboró un proyecto para establecer escuelas nocturnas para adultos.

Y como la realidad indicaba que muchos niños debían quedarse en casa mientras los padres salían a ganar el pan, ideó el proyecto de “Escuela para la Cenicienta”, donde maestras ambulantes iban a esos hogares.

Como pago por toda su labor en cuestiones de límites, recibió como compensación del Congreso el derecho sobre 25 leguas fiscales de tierra en la región de los lagos patagónicos en la zona del Nahuel Huapi. El 6 de noviembre de 1903 donó 3 leguas cuadradas para que fueran destinadas a un parque nacional: se llamó Parque Nacional del Sud, el primero de América Latina. En 1934 al incorporársele más tierras, cambió su nombre por el de Nahuel Huapi.

Volvió sus gestiones ante el gobierno británico y consiguió que cediesen las islas Orcadas del Sur, donde desde enero de 1904 flamea la bandera argentina.

Como el dinero se le iba de las manos, vendió las últimas 22 leguas del Nahuel Huapi por 200 mil pesos para mantener esas Escuelas Patrias. En 1907 abrió una en pleno barrio de La Quema. Con los años, esos establecimientos pasaron a depender del Patronato de la Infancia.

También como diputado nacional entre 1910 y 1913 propuso la creación de una escuela agrícola en la margen derecha del Pilcomayo en el límite con Paraguay; creación de estaciones experimentales agrícolas y de viveros, además de un servicio científico nacional para ejecutar el relevamiento topo-hidrográfico, geo-biológico de todo el país.

En 1913 renunció a la banca para asumir la vicepresidencia del Consejo Nacional de Educación.

El 22 de noviembre 1919 murió en Buenos Aires, en la pobreza total. Un año después el Banco Nación remató sus bienes, y muchos de ellos fueron adquiridos por su hijo y por allegados y donados al Museo de La Plata.

En 1944 trasladaron sus restos desde la Recoleta al Mausoleo de la Isla Centinela, parque nacional Nahuel Huapi, donde las embarcaciones hacen sonar sus sirenas tres veces cada vez que pasan frente a su tumba. En sus últimos días, decía que quería volver a ver el decano de los lagos, el Nahuel Huapi, “aun cuando deje mis huesos allá”.

En los terrenos de la quinta familiar donde armó la primera escuela de la Patria, hoy lo ocupa el Instituto Félix Bernasconi. Aún se conserva el aguaribay que un joven Francisco plantó, alrededor de 1872, muy lejos de su entrañable Patagonia pero muy cerca de donde también afirmó que “donde el trabajo y la escuela reinan, la cárcel se cierra”.

FUENTE: infobae.com

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